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Revista Española de Cardiología Revista Española de Cardiología
Rev Esp Cardiol. 2017;70:609-10 - Vol. 70 Núm.07 DOI: 10.1016/j.recesp.2017.05.007

Alfonso Medina Fernández-Aceytuno

José Suárez de Lezo a

a Servicio de Cardiología, Hospital Cruz Roja, Córdoba, España

Artículo

Con profunda tristeza y el corazón encogido, escribo estas letras de despedida y de recuerdo del Dr. Alfonso Medina Fernández-Aceytuno. Sintiéndome amigo intemporal de Alfonso desde hace más de 40 años y habiendo tenido juntos trayectorias comunes, no sé si soy yo el indicado para hacerlo. Pero asumo el reto, consciente de la dificultad de tratar de describir a un ser excepcional, tanto como cardiólogo y profesor como investigador y científico y, no digamos, como persona. Alguien irrepetible que nos dejó. Yo conocí al Dr. Medina en 1976. Recién acabada su residencia en cardiología en la Clínica de la Concepción de Madrid, fue contratado en la Unidad Coronaria del Hospital La Paz, centro en el que yo estaba finalizando mi residencia. Conectamos desde el principio en la visión médica de nuestras vidas. Ambos decidimos la aventura de volver a nuestras ciudades de origen a luchar por la cardiología partiendo de cero. Aquello coincidió con el comienzo del intervencionismo cardiaco y la gran expansión de la denominada «cardiociencia». Viajábamos juntos a los cursos de Ginebra y hablábamos y hablábamos. Él, con la ayuda inicial de los Dres. Armando Bethencourt y Carlos Macaya, construyó un equipo de primera línea en la cardiología española en el antiguo Hospital El Pino, y después en el Dr. Negrín. En aquel momento se comentaba en toda España «Las 3 emes» (Medina, Manzano y Mainar) como los pilares de El Pino. A comienzos de los años ochenta, comenzaron sus contribuciones. Su mente imaginativa llegaba a hacer diseños de dispositivos que interesaron a la industria y que resolvían problemas de aquel momento, como los balones Medina de la firma Schneider, que permitían variar la longitud del balón en función de la longitud de la lesión, o los introductores adaptables Medina. En 1987, coincidiendo con la expansión de las valvuloplastias percutáneas, se fundó CORPAL, o asociación entre personas de Córdoba y Las Palmas para avanzar juntos en el enfoque de las nuevas técnicas intervencionistas, haciendo juntos las cuestiones e intentando responderlas con nuestra experiencia en cada centro. Se hacían ficheros comunes y se explotaban juntos. De esta manera, CORPAL quería ser una actitud médica con ausencia de personalismos, suma de mentes, auditoría perpetua y concepto de colectividad. Queríamos aprender por nuestra experiencia antes que por la lectura de la experiencia de otros. Juntos organizábamos cursos CORPAL de cardiología intervencionista y publicábamos nuestras investigaciones clínicas. Muchas y todas brillantes eran las contribuciones del Dr. Medina, que siempre sorprendía con sus propuestas. Estas contrastaban con una inconsciente humildad que le hacía autorrebajarse continuamente. Quizá su contribución de mayor repercusión fue la clasificación Medina para el tratamiento de las bifurcaciones coronarias, mundialmente utilizada desde su publicación en Revista Española de Cardiología. El caso es que, en su diseño, él no le dio ninguna importancia. Lo hizo para nuestro fichero común. En aquel entonces existían unas complicadas clasificaciones, difíciles de sistematizar. La suya fue adoptada por el grupo CORPAL con naturalidad y, al presentarse en el PCR de París el año 2005, causó un gran impacto. Tanto que con celeridad nos reunimos para escribirla como carta al Editor en nuestra Revista. El número de citaciones fue tal que, de alguna manera, contribuyó a aumentar su impacto (a día de hoy se contabilizan 335 citas).

Pero al margen de sus múltiples contribuciones, creo que lo que más destaca es su persona. Su ingenio y su capacidad deductiva, junto a su análisis sereno de cualquier tema, resultaban siempre cautivadores. Su ilusión de residente perpetuo siempre le hacía estar al lado de los jóvenes valores que accedían a la formación en cardiología. Él nunca daba importancia a lo que hacía y sentía una enorme responsabilidad por el trabajo en el hospital, lo que llenaba su vida. Nuestras conversaciones y discusiones sobre la medicina y sobre la vida fueron constantes. Dialogar y discutir con Alfonso a lo largo de los años ha sido uno de los mayores placeres que he encontrado en mi vida y su amistad, un enorme enriquecimiento intelectual, médico y científico. Para mí Alfonso era el mejor profesional de la medicina que he conocido, y el más humilde, el que menos miraba hacia su persona. Desprendía humanismo con mente muy crítica, lo que siempre impresionaba a todo aquel que le conocía. Respetado y temido, no sé por qué, porque él siempre mostraba seriedad pero amabilidad con todos y apoyaba y hacía crecer a todo aquel que iba llegando al servicio de cardiología con el paso de los años. Le interesaba la humanidad y su devenir. Temía la destrucción del planeta. Como genio que era, combinaba la sublimación intelectual con el menosprecio y la desconsideración hacia su persona. Era capaz de tocar el cielo y a la vez verse como un sintecho con naturalidad. Para él, su persona era menos trascendente que el servicio de cardiología. Esa fue su extraordinaria grandeza, que debemos proclamar y no silenciar. Le preocupaba su jubilación por lo que iba a suponer de desconexión con el hospital, su verdadera casa durante toda su vida. Sin embargo, se implicó a fondo para dejar su legado en las mejores manos, lo que fue su último orgullo. Siempre acertó en sus apuestas.

Por último, una amarga cuestión surge. ¿Qué tipo de sociedad somos? ¿Cómo somos capaces de desperdiciar el talento, la experiencia y la entrega de un líder clínico y científico internacional por el simple hecho de cumplir 70? Si esa era su vida, ¿por qué se la quitaron? Yo tuve la suerte de ver al Dr. Denton Cooley operar 15 extracorpóreas al día en el Texas Heart Institute con 79 años; era una figura respetada y querida en el centro y nadie podía plantear su marcha. Creo que estuvo activo hasta su muerte. En 2003 hice un viaje científico-turístico a China con el Dr. Tsung O. Cheng, chino de origen y profesor de la universidad de Washington, así como admirador de Alfonso. Allí, conocí a su amigo, el profesor Wo, al que visitamos en su casa. Tenía 92 años y había estado dirigiendo la cirugía cardiaca de su centro las últimas 4 décadas. Conservaba su despacho en el hospital y comentaba que había estado bien activo hasta los 85, aunque aún no le fallaba la cabeza, que era bien lúcida. Era muy querido y respetado y nadie podía prescindir de él. Creo que nuestro querido Alfonso se hubiera merecido ese grado de reconocimiento en vida, ser nombrado sin sueldo un buen consejero, un disfrutón de la medicina, un amante del hospital, orgullosos de tenerle y de mantener su liderazgo, orgullosos de su prestigio. Pero no, no fue así, se le negó el acceso. Qué burda forma de herir el corazón de los genios...

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